Nuestra perspectiva
Al llegar a la verdad de la Biblia, nos guían principalmente tres aspectos. Primero, entendemos que existe una única economía de Dios que se refleja en toda la Biblia. Esta economía se centra en la impartición de Dios a través de su Trinidad en sus elegidos. En el Antiguo Testamento, esta economía se presenta en muchos tipos, sombras y figuras. En el Nuevo Testamento, se presenta con claridad en las palabras de los apóstoles. Si bien se basa en los méritos de la persona de Cristo y en su obra al realizar nuestra redención judicialmente, la economía neotestamentaria de Dios tiene como meta más plena la salvación orgánica del hombre, es decir, por y con la vida eterna del Dios Trino. Por esta vida, los elegidos de Dios son genuinamente engendrados por Dios, transformados y finalmente glorificados. La consumación de esta economía es la unión de Dios con el hombre por la eternidad en la Nueva Jerusalén. Segundo, la centralidad de la economía de Dios en nuestra comprensión de la Biblia se basa en la premisa de que Dios puede ser conocido y experimentado subjetivamente, no solo adorado y apreciado objetivamente. Dios no pretende permanecer ajeno a la humanidad en general ni a cada uno de sus creyentes en particular; más bien, como lo demuestra su encarnación y su venida como Espíritu, desea relacionarse íntima y personalmente con sus elegidos. La larga historia de la espiritualidad cristiana, aunque a veces plagada de excesos, es fundamentalmente correcta en su deseo de conocer y experimentar a Dios. Finalmente, creemos que el mensaje divino de la Biblia puede trascender la intención de sus escritores humanos. Siguiendo la arraigada tradición hermenéutica de la iglesia cristiana, aceptamos el método alegórico para comprender la Biblia, en particular su Antiguo Testamento, como un principio válido de interpretación.






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